¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?
Borges
Tokio Blues,
más que un intento de novela realista, es un tractat literario de fenómenos
ópticos. En esta novela, Murakami narra la historia de Toru Watanabe, un joven
universitario que se traslada a Tokio para comenzar una nueva vida justo
después de que Kizuki, su mejor amigo de instituto, se suicide sin explicación
aparente. Un día cualquiera, Watanabe se reencuentra con Naoko, quien fuera la
novia de Kizuki, y empiezan a salir juntos. Después de tener sexo con ella,
Naoko desaparece. Ha vuelto a su ciudad natal y se interna en una casa de
reposo mental. Watanabe, mientras tanto, sufre su partida, pues se ha enamorado
de ella. La situación resuena en la mente del lector como Norwegian Wood, la canción de The Beatles, que narra la historia
del encuentro con una chica que, como un bello y misterioso pájaro, aparece una
noche pero se marcha súbitamente, volando, en la mañana.
Watanabe sigue asistiendo a sus clases de literatura
en la universidad. Conoce a Midori, una compañera de su clase de Eurípides, de la
que empieza a enamorarse. Midori es el contrapunto exacto de Naoko. Leda
Rendón, en su breve reseña sobre Tokio
Blues, hace una comparación acertada entre Naoko y la pintura de Balthus, y
Midori y el arte pop de Warhol. Naoko es una deformación perfecta, un espectro profuso
y extraño que se cuela entre la oscuridad y exhibe su pálida desnudez a la luz erótica
e inquietante de la luna. Midori es, y Watanabe insiste en ello, una mujer de
carne y hueso, una presencia viva, cromática y plástica, como una serigrafía de Marilyn Monroe.
Tokio y Midori hacen parte de la vida de Watanabe. Sin
embargo, él no puede abandonar su historia con Naoko. Es un hombre escindido:
halado de un lado por el estruendo de la gran ciudad nipona; sujeto, del otro,
por el melancólico recuerdo del pasado, que arrastra la figura de Naoko. En la “Residencia
Ami”, sanatorio donde ella se ha internado, en aquel lugar apartado del
bullicio de la ciudad, se encuentran aquellas personas que han notado sus
propias deformaciones, y sienten la necesidad, no de corregirlas, sino de
acostumbrarse a ellas. Así, los internos son conscientes de que todos están
deformados: “Esto es lo que nos distingue del mundo exterior. En él mucha gente
vive sin ser consciente de sus deformaciones”. Watanabe es un punto intermedio
entre el mundo exterior y el mundo extraño, representado por el sanatorio. Presencia,
simultáneamente, la consciencia de la deformación humana, y la ignorancia de
tal condición. Es el espectador genuino de un fenómeno óptico doble. Watanabe
sostiene una cuchara. Y se mira en el lado cóncavo, en el espejo del modelo
óptico lacaniano, que enfrenta al ojo con un punto ideal de visión, con una
imagen virtual del yo que no existe. Encontramos la realidad de cabeza. La
concavidad supone una visión del mundo exterior, en la que a partir de la
realidad concreta se construyen cuerpos imaginarios. Si Watanabe, da la vuelta
a la cuchara, se encontrará con una superficie convexa. La realidad está al
derecho. Pero su reflejo estará deformado. Watanabe, finalmente, decide de qué
lado quiere verse.
Haruki Murakami es el lector predilecto de sí mismo,
según lo ha manifestado: “Primero escribo para mí, por satisfacción personal”.
Descubre que a partir de la escritura puede conocerse a sí mismo, lo que quizá,
en cierta medida, le permite plantear en sus novelas una reflexión que
trasciende lo íntimo, que se hace próxima al lector, y se solidifica como
interrogante epistemológico universal. En el caso particular de Tokio Blues,
encontramos una reflexión sobre el lugar del hombre en mundo, su posición
inestable entre lo fantasmagórico y lo concreto, entre la muerte y la vida,
entre la consciencia de lo que somos y la ignorancia de lo que vemos. Watanabe,
finalmente, no puede resolver la escisión que atraviesa su vida. Ni siquiera el
suicidio final de Naoko, su vuelo de luciérnaga herida en la noche, puede
ayudarlo a establecer su lugar en el mundo: “¿Dónde estaba? No logré
averiguarlo. No tenía la más remota idea de donde me hallaba. ¿Qué sitio era
aquél? Mis pupilas reflejaban las siluetas de la multitud dirigiéndose a
ninguna parte. Y yo me encontraba en medio de ninguna parte llamando a Midori”.